sábado, 20 de mayo de 2017

El 'algoritmo' de la felicidad de Google



          En un intento de no sucumbir definitivamente a la agotadora tarea de llevar hacia delante lo familiar, lo personal, lo laboral y el XXI Diploma de Gestión, buscando, o bicheando como diría alguno que me sé, para comenzar esta entrada que quería que versase sobre GESTIÓN, así en mayúsculas, a lo grande, me he topado con uno no, con varios artículos en la prensa sobre este algoritmo, sobre esta historia humana, tan antigua como la vida misma: “el algoritmo de la felicidad”, que firma Lucila Blázquez. 

           No me atrevo a simplificar un algoritmo, que ya tuve bastante con las matemáticas de bachiller, pero no creo equivocarme mucho si digo que lo que propone su autor, Mo Gawdat, es más o menos algo así como que para ser feliz hay que estar justo en el lugar que uno quiere estar, si no estás a gusto te mueves y si estás a gusto, pues disfruta
          Seguro que tras la experiencia vital de este ingeniero y ejecutivo de Google X, en la que se basa su libro (Solve for Happy) hay mucha más tela que cortar y muchos detalles que limar.

         Pero me viene como anillo al dedo, porque cuando he rebuscado sobre temas tan grandes y tan delicados como el “Plan de las Pequeñas Cosas”, sobre “Seguridad”, “Efectos Adversos”, sobre la “Excelencia”,  etc etc se me ha venido a la cabeza que a lo mejor a más de uno, tras hacer su composición del “algoritmo” que cito al principio, le ha salido una zona de confort  muy aceptable, para sí mismo, y ha decidido parar. Deternerse en esa carrera sin fin que debería ser llegar a la excelencia en la práctica de su dedicación: hablo de salud, sea clínica o de gestión, sea política o de carrera, sea de uno u otro sexo, de una u otra condición.

           A lo mejor uno de los problemas  a los que se enfrenta quien ejerce la gestión es que su algoritmo de felicidad, de estar contento con lo que hay y/o buscar un cambio, no se parece en nada al del vecino que también tiene que gestionar dineros, tiempos y personas, sobre todo personas, exactamente igual que él. El resultado al final es diametralmente diferente.

           Como dice Sergio Minué en su blog, en referencia a un apartado tan importante como la relación medico-paciente: El fin último del encuentro clínico debe seguir siendo el de escuchar, establecer relaciones clínicas, y tomar decisiones juiciosas. Perder de vista ese propósito, aliena a los profesionales convirtiéndoles en meros oficinistas de una burocracia anónima. Registrar todo lo que el sistema demanda es imposible; para ello seríamás barato colocar una caja negra en cada consulta y grabar todas las conversaciones.Un pacientes es mucho más que un cuestionario de cuadros a clicar”, escriben Marin y Sinsky. No deberíamos olvidarlo nunca, y lo pongo aquí porque en las relaciones humanas me da que los algoritmos matemáticos no siempre casan bien, y la felicidad del gestor, del sanitario y sobre todo del enfermo que solicita asistencia creo que no me equivoco al decir que no están en absoluto en el mismo plano.

          Cita Lucila Blázquez, la autora del artículo con el que empieza esta entrada que “Sócrates ya decía que el secreto de la felicidad no se encuentra en la búsqueda de más sino en disfrutar con menos. Mientras, Séneca calificaba de sabio a quien se contentaba con su suerte”. Pero no sé yo si esto, aplicado al mundo actual, a la sanidad y a la economía del día a día es muy asumible.

          Aún así, con o sin algoritmo, me siento moderadamente feliz de estar en este XXI Diploma de Gestión, por quienes he conocido, tratado, trabajado y también  por lo aprendido. Pero me da a mí, que mi propio algoritmo lo tengo que ir cambiando a diario.

Antonio Caravaca         
Mayo, 2017

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